No tengo ideas para mi cuento

Una tarde de abril, un joven llamado Enrique, a eso de las cinco de la tarde, se subió en el autobús, le dio el dinero al conductor y, mientras este se encontraba buscando asiento en el autobús de la escuela, se encontraba desesperadamente pensando sobre el trabajo de Español que su profesora le encomendó, que tanto postergó y que le tocaba hacer sí o sí esa noche, el cual era hacer un cuento.
Nunca había sido tan bueno haciendo cuentos; muchas veces hasta llegaba a pensar que no tenía creatividad. Siempre que sus amigos le decían que era bueno haciendo cuentos, él se reía y pensaba que estaban siendo sarcásticos. Hasta que decidió no darle mucha importancia en ese momento al trabajo y relajarse, mientras se perdía viendo por la ventana del autobús.
Los días pasaron y, después de tanto tiempo para poder tener una idea buena, se encontraba a sí mismo desesperado en la noche del día antes de la entrega del cuento, pensando en qué excusa podría ser buena para el siguiente día. Sin ideas, decidió que por primera vez pensaría de verdad en una buena idea para su cuento; como él mismo lo esperaba, ninguna idea lo convencía. Pensó en un cuento sobre el espacio y lo desechó, pensó en una isla desierta y la desechó, pensó y pensó, y hasta llegó a pensar en resolver sus problemas pidiéndole a una inteligencia artificial que le hiciera el cuento, pero no quería hacer trampa.
Decidió arriesgarse a escuchar sus pensamientos, lo cual no es muy usual que haga, y terminó divagando entre ellos, hasta que un leve y suave pensamiento llegó a su mente, de esos de los que muchas veces la gente ignora, lo cual al principio ni siquiera consideró. Es así como, sin nada que perder aparte de posiblemente la asignatura, decidió arriesgarse a escuchar este pensamiento, el cual se basaba en realizar un cuento sobre el montón de ideas que le venían a la mente y, a la vez, no decidirse por ninguna; o, en pocas palabras, terminó haciendo un cuento de el no poder hacer uno.

Imagen: Cuento - Pixabay

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